Mi Primer Gran Amor

No hay una sola mujer igual a otra. No hay ni una sola de nosotras que no tenga su propia identidad, su propia personalidad. Todas somos distintas, todas tenemos cualidades diferentes, sueños únicos, gustos particulares. Pero si hay algo que todas las mujeres compartimos, es quién fue nuestro primer gran amor: papá.

Por eso, papá, este homenaje es para ti. Porque tú fuiste mi primer gran amor, el primer hombre perfecto, el ejemplo que todos los días quiero seguir y un espejo para saber a quién quiero tener cerca el resto de mis días.

No olvidaré nunca los secretos que me contaste al oído, porque esos secretos se unieron a los míos y creamos entre los dos un lazo de complicidad, de confianza infinita que nada puede acabar. Gracias por ser vulnerable conmigo demostrándome todos los días que hasta el hombre más fuerte del mundo, necesita un abrazo.

Gracias, papá por las innumerables veces que me cargaste al llorar, porque nunca cuestionaste si valía la pena llorar por eso, para ti lo único que valía era que mi dolor y mi miedo se esfumaran; sin importar si ese golpe me había apenas rozado una rodilla o si ese miedo que para mí era enorme, era producto de monstruos que solo vivían en mi imaginación.

Nunca olvidaré las veces que me cubriste del frío y te quitaste tu bufanda y tu chaqueta para hacerme un abrigo impenetrable que lograra que yo dejara de tiritar.

Gracias por todos los cuentos que me leíste una y otra vez hasta hacerme dormir, porque hiciste que esa voz grave y penetrante se convirtiera en mi sonido favorito, en la clave de la calma, en la señal de que sin importar nada más, todo iba siempre a salir bien.

Siempre voy a recordar que fuiste tú quien me enseñó a montar en bicicleta, logrando que yo, tan frágil y pequeña, superara el miedo que me generaban las caídas y más que eso: decidiera levantarme y volver a empezar, porque mi confianza en ti es inquebrantable.

Nunca olvidaré las veces en que, confundida, me perdía momentáneamente entre la multitud y solo al ver tu camisa a cuadros y tus jeans desgastados, me sentía otra vez a salvo, porque esa era la pista de que me estabas esperando y te convertías en un faro, en una luz que me mostraba a dónde pertenecía: abrazada de tu pierna para seguir caminando.

Gracias, papá, por la forma en que me enseñaste las cosas más importantes de la vida, porque me demostraste que es mejor pensar antes de hablar y que es mejor analizar cada pregunta en vez de memorizar las respuestas; por mostrarme que la paciencia es la base del respeto y que jugando todo se aprende más fácil.

No olvidaré que nada me sana tanto como tu abrazo y que tus besos en la frente antes de dormir, son mejores que un té caliente o que contar ovejas, porque no hay nada que me dé más paz que saber que yo vine de ti y que siempre, sin importar cuánto crezca, siempre vas a estar para mí.

Eres mi héroe, mi papá, mi primer gran amor.


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